Lectura quincenal - Febrero 2020


Ya estoy por aquí de nuevo, dispuesta a traerte una nueva lectura quincenal. En esta ocasión, he escogido Persuasión de Jane Austen, una historia que conocía por dos de sus adaptaciones al cine y que tardé bastantes años en leer. Eso sí, cuando lo hice me encantó (puedes leer mi reseña aquí) y no me gustaría desaprovechar esta oportunidad para recomendártela. Es una opción estupenda si estás pensando en leer un clásico. Si bien el estilo y ciertos detalles de la historia no terminaron de convencerme y, por tanto, es una de las raras excepciones en las que sigo prefiriendo las adaptaciones, como en Orgullo y prejuicio, hay varios niveles de lectura y una crítica social brutal. Por otro lado, en cuanto a las historias de amor que ha creado Jane Austen, esta es sin duda mi favorita. 

Como sabrás, hay muchísimas ediciones de este libro y una de las mejores que hay en español es justo la que leí para mi reseña. Sin embargo, aquí quería poner otra portada, por lo que he estado indagando entre otras ediciones y al final me he decidido por la de Alianza, que cuenta con la traducción de Juan Jesús Zaro. El texto lo he obtenido de este enlace.

¡Dentro primeras páginas!




Persuasión


Jane Austen

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CAPÍTULO 1

[...]

Habían transcurrido trece años desde la muerte de lady Elliot y los dos eran vecinos y buenos amigos, pero el uno seguía siendo viudo y la otra, viuda. 

Que lady Russell, de edad y carácter estables y sin ninguna necesidad económica, no pensara en casarse por segunda vez no necesita disculpa alguna ante el público, que suele enfadarse absurdamente más cuando una mujer vuelve a casarse que cuando no lo hace, pero que sir Walter continuara soltero sí requiere cierta explicación. Hay que decir que, como un buen padre (y tras sufrir dos o tres íntimos desengaños por lo absurdo de sus tentativas), se enorgullecía de seguir soltero en consideración a su querida hija. Por ella, la mayor, habría sido capaz de darlo todo, si bien nunca habían surgido muchas ocasiones de hacerlo. A los dieciséis años, Elizabeth había heredado, hasta donde era posible, los derechos y el rango de su madre; además, al ser muy hermosa y parecerse mucho a su padre influía mucho sobre él, de modo que se habían llevado siempre bien. Sus otras dos hermanas no podían compararse con ella. Mary había adquirido cierta importancia artificial al convertirse en Mrs. Charles Musgrove, mientras que Anne, a pesar de su elegancia de espíritu y dulzura de carácter, méritos que la habrían colocado muy alto si hubiera estado rodeada de personas realmente inteligentes, no era nadie para su padre o su hermana: su parecer no contaba, su mejor estrategia era siempre ceder. No era más que Anne. 

Sin embargo, a ojos de lady Russell, era una ahijada muy querida y valorada, amiga y favorita. Aunque las quería a todas, sólo Anne le recordaba a su madre.

Unos años antes, Anne Elliot había sido una muchacha muy bonita, pero su lozanía se marchitó pronto, e incluso si en aquel entonces su padre la había admirado muy poco (pues sus delicados rasgos y suaves 13 ojos oscuros eran totalmente distintos de los suyos), ahora, que estaba delgada y apagada, la admiraba todavía menos. Si nunca había albergado muchas esperanzas de leer su nombre en las páginas de su libro preferido, ahora no tenía ninguna. Todas las expectativas de encontrar una alianza a la altura de su propio abolengo se centraban en Elizabeth, pues Mary se había vinculado a una antigua familia rural respetable y de gran fortuna a la que ella había provisto de alcurnia sin recibir ninguna a cambio. Elizabeth sí se casaría bien algún día. 

A veces, una mujer está mucho más hermosa a los veintinueve años que cuando tiene diez años menos; en general, si no ha sufrido enfermedades o ansiedades, es una época de la vida en la que apenas se ha perdido encanto. Así le ocurría a Elizabeth: seguía siendo la misma hermosísima Miss Elliot que empezó a ser trece años atrás. Por este motivo, se podría excusar a sir Walter por olvidar su edad o, al menos, considerarle sólo medio necio por creer que Elizabeth y él mismo seguían tan lozanos como siempre mientras que todos los demás estaban hechos una piltrafa, pues veía con claridad cómo iban envejeciendo el resto de su familia y sus conocidos. Anne estaba consumida, Mary se había hecho vulgar, todas las caras de la vecindad estaban cada vez peor; el rápido incremento de patas de gallo en las sienes de lady Russell le venía preocupando desde hacía mucho tiempo.

[...]

No obstante, una cosa nueva empezaba a exigirles cierta atención y dedicación. Su padre estaba cada vez más preocupado por el dinero. Ella sabía que cuando se ponía a mirar el Baronetage era para alejar de su mente tanto las facturas de sus proveedores como los ácidos comentarios de su administrador, Mister Shepherd. La hacienda Kellynch era buena, pero estaba por debajo de los méritos que, según sir Walter, correspondían a su propietario. Cuando lady Elliot estaba viva, el método, la moderación y la economía que reinaban siempre permitían que nunca sobrepasara sus ingresos; en cuanto ella murió, se acabó también toda aquella manera de hacer las cosas y, desde entonces, sir Walter Elliot siempre se excedía en sus gastos. No le era posible gastar menos, no hacía más que lo que se sentía imperiosamente llamado a hacer, y aunque no sintiera remordimiento alguno, no sólo estaba cada vez más endeudado sino que se lo recordaban tan a menudo que era inútil intentar ocultarlo por más tiempo, ni siquiera de forma parcial, ante su hija. Ya se lo había advertido la última primavera que pasaron en Londres, cuando incluso llegó a sugerir:

–¿Podemos pasar sin algo? ¿Se te ocurre alguna cosa de la que podamos prescindir? 

Es justo decir que Elizabeth se puso a pensar seriamente qué podía hacer, en su primer arranque de alarma femenina, y al final propuso dos medidas: prescindir de algunas limosnas innecesarias y abstenerse de renovar los muebles de la sala de estar; a ellas añadió la feliz ocurrencia de no llevar presente alguno a Anne, cosa que venían haciendo desde hacía muchos años. Con todo, estas medidas, que eran bienintencionadas, fueron insuficientes para atajar el mal, de cuyo verdadero alcance sir Walter tuvo que informar poco tiempo después a su hija. A Elizabeth no se le ocurrió ninguna otra acción más eficaz. Se sentía ofendida y desafortunada, al igual que su padre; ninguno de los dos sabía cómo reducir sus gastos sin comprometer su dignidad ni cómo prescindir de ninguna de sus comodidades. 

Sir Walter sólo podía disponer de una pequeña parte de su propiedad, pero si hubiera podido disponer hasta del último acre el resultado habría sido el mismo. Consintió en hipotecar hasta donde le era permitido, pero nunca accedería a vender. No, nunca mancharía su nombre hasta tal punto. La hacienda Kellynch pasaría a su sucesor completa e íntegra, tal como él la había recibido. 

Solicitó consejo a sus dos amigos íntimos: Mister Shepherd, que vivía en la ciudad más cercana, y lady Russell, y tanto el padre como la hija parecían estar esperando que a uno o a otro se les ocurriera alguna cosa que acabara con sus apuros y redujese sus gastos sin tener que prescindir de ningún capricho del gusto o del orgullo.


CAPITULO II 

Mister Shepherd, un abogado cortés y prudente que, sin importar cuáles fueran su opinión o sus impresiones sobre sir Walter, prefería siempre que otra persona tratase las cosas desagradables, se excusó de ofrecer siquiera la menor indicación, y sólo pidió permiso para adherirse al excelente criterio de lady Russell, de cuyo conocido buen juicio sólo podía esperar que recomendase medidas rigurosas, las cuales también confiaba en ver ejecutadas. 

Lady Russell se ocupó del asunto con gran celo y reflexionó mucho sobre él. Era una mujer muy capaz pero poco resuelta, que tuvo grandes dificultades para llegar a una conclusión válida en este caso por debatirse entre dos principios opuestos. Al ser sumamente íntegra y tener un delicado sentido del honor, buscaba tanto no herir los sentimientos de sir Walter como mantener el honor de la familia pues, al igual que cualquier persona honrada y juiciosa, tenía muy clara la importancia de su rango. Era afectuosa, caritativa y bondadosa, capaz de entregarse por completo, correcta en su comportamiento, estricta en la idea del decoro y con unas maneras que se consideraban un patrón de la buena crianza. Tenía un espíritu cultivado y era, en términos generales, racional y coherente; con todo, guardaba ciertos prejuicios en lo que se refiere al origen social y concedía valor al rango y a la posición, lo que le impedía ver los defectos de los que poseían estos atributos. Ella misma, viuda de un simple caballero, otorgaba a un baronet toda la dignidad que le correspondía; sir Walter, aparte de ser un viejo conocido, un atento vecino, el marido de su más íntima amiga y el padre de Anne y sus hermanas, merecía desde su punto de vista, sólo por el hecho de ser sir Walter, la mayor consideración y respeto por sus actuales dificultades.

Tenían que reducir gastos: de eso no había la menor duda. Sin embargo, sus esfuerzos se encaminaron a que lo hicieran sin que ni él ni Elizabeth sufrieran en exceso. Esbozó planes de ahorro, elaboró cálculos exactos e hizo lo que a nadie se le había ocurrido hacer: hablar con Anne, de quien todos los demás pensaban que tenía muy poco interés por el asunto. La consultó y, en cierto modo, incorporó sus principales sugerencias al plan de contención de gastos que finalmente entregó a sir Walter. Dichas sugerencias tenían más que ver con la honradez que con la posición social: quería medidas más ambiciosas, llevar a cabo una reforma más completa que permitiera reducir la deuda con rapidez, prestar menos atención a todo lo que no fuera justo y equitativo.

–Si podemos convencer a tu padre para que haga todo esto –dijo lady Russell, mirando el plan–, habremos conseguido mucho. Si adopta estas medidas, estará libre de deudas dentro de siete años. Espero que podamos convencerlo, a él y a Elizabeth, de que Kellynch Hall goza de una respetabilidad intrínseca que no va a verse afectada por estas reducciones, y que la verdadera dignidad de sir Walter Elliot se mantendrá incólume, a ojos de las personas sensatas, por actuar como un hombre de principios. ¿Acaso no va a hacer, en realidad, lo que muchas de nuestras primeras familias han hecho ya, o deberían ponerse a hacer? Su caso no será tan singular; es precisamente la singularidad lo que constituye la peor parte de nuestra conducta y, a veces, de nuestro sufrimiento. Tengo grandes esperanzas de poder conseguirlo. Debemos ser serias y decididas porque, después de todo, la persona que contrae deudas debe pagarlas; si bien deben tenerse en cuenta los sentimientos de tu padre como caballero y como cabeza de familia, hay que cuidar más la reputación de un hombre honrado.

Anne deseaba que su padre comenzara a regirse por este principio, apremiado por sus amistades. Pensaba que librarse de los deudores era un deber ineludible que debía hacerse con toda la rapidez que permitiera un amplio plan de recorte de gastos, y no consideraba digno hacer algo menos ambicioso. Quería que fuera aplicado, y sentido, como un deber. Consideraba que lady Russell podía ejercer gran influencia al respecto, y al estar ella misma acostumbrada a negarse cosas, creía que costaría menos convencerlos para reformarse por completo que convencerlos para reformarse a medias. Conocía a su padre y a Elizabeth, y esto la llevaba a pensar que no sería mucho menos doloroso prescindir de un par de caballos que de dos, y de este modo revisó toda la lista de pequeñas reducciones propuesta por lady Russell.

Poco importa saber cómo habrían sido tomadas las duras exigencias de Anne. Las de lady Russell no prosperaron en absoluto, no podían tolerarse ni admitirse. «¿Qué? ¿Prescindir de todas las comodidades? Viajes, Londres, criados, caballos, comidas... reducciones y supresiones por todos lados... ¿No poder vivir siquiera a la altura de un caballero? No, para eso era preferible dejar Kellynch Hall de inmediato que permanecer en condiciones tan lamentables.»

La mención a «dejar Kellynch Hall» la recogió al instante Mister Shepherd, que tenía un interés personal en que sir Walter economizara y estaba muy convencido de que nada podría lograrse sin cambiar de domicilio: «Puesto que la idea había surgido del mismo lugar de donde emanan las decisiones, no tenía ningún escrúpulo en confesar que ésa era su opinión. Tampoco creía que sir Walter pudiera materialmente alterar su estilo de vida en una casa que necesitara mantener su carácter de hospitalidad y anciana dignidad. En cualquier otro lugar, sir Walter podría decidir por sí mismo las características de su estilo de vida según el modelo que escogiera para su casa, y todo el mundo lo respetaría.»

Sir Walter debía abandonar Kellynch Hall; tras unos cuantos días más de dudas e incertidumbre, se decidió por fin la importante cuestión de dónde iba a instalarse, e incluso se tomaron las primeras medidas para llevar a cabo este gran cambio.

Había tres posibilidades: Londres, Bath u otra casa en el campo. Esta última era la opción preferida de Anne. Su ambición era disponer de una casa pequeña no demasiado lejos de donde se encontraban, en la que aún pudieran disfrutar de la compañía de lady Russell, estar cerca de Mary y tener el placer ocasional de ver el césped y las arboledas de Kellynch. No obstante, la habitual mala suerte de Anne siguió acompañándola y lo que se acordó estaba en contra de sus inclinaciones. Iba a residir en Bath, aunque le desagradara y pensara que no tenía nada que ver con la ciudad.

Sir Walter hubiera preferido vivir en Londres, pero Mister Shepherd pensó que era imposible confiar en él si se iba a la gran ciudad y tuvo la habilidad suficiente para disuadirlo de dicha idea y convencerlo para que se instalara en Bath. Era un lugar mucho más seguro para un hombre con sus problemas, pues allí podría seguir siendo importante a un precio relativamente pequeño. También pesaron en la decisión otras dos ventajas materiales de Bath sobre Londres: estaba situado más cerca de Kellynch, a sólo cincuenta millas, y lady Russell pasaba allí parte del invierno. Para satisfacción de esta última, que siempre había preferido Bath como nueva residencia de los Elliot, sir Walter y Elizabeth se convencieron de que trasladándose allí no iban a perder importancia ni a carecer de diversiones.

Lady Russell se vio obligada a oponerse a los conocidos deseos de su querida Anne. Era inútil pensar que sir Walter fuera a mudarse a una casa más pequeña en el mismo lugar donde vivía. La propia Anne se habría sentido mucho más humillada de lo que pensaba y la reacción de sir Walter habría sido terrible. El desagrado que Anne sentía por Bath, que lady Russell creía un prejuicio y un error, tenía su origen en los tres años pasados en un colegio de la ciudad, tras la muerte de su madre, y en que no lo había pasado demasiado bien el único invierno que residió en la ciudad acompañando a su amiga.

En pocas palabras, a lady Russell le encantaba Bath y opinaba que el traslado les iba a venir bien a todos; por lo que respecta a la salud de su joven amiga, si pasaba todos los meses más calurosos con ella en Kellynch Lodge, todo peligro podía evitarse, de modo que, en realidad, el cambio iba a favorecer a su salud y a su estado de ánimo. Anne había viajado poco lejos de casa, no salía mucho y estaba desanimada. Una vida social más activa podría estimularla. Quería que conociera más gente.

Por otro lado, otro aspecto del plan, uno de los más materiales, alegremente incorporado a él desde el principio, subrayaba la inoportunidad de trasladarse a cualquier otro lugar que estuviera cerca de la mansión. Sir Walter no iba a abandonar su casa sin más, sino que tendría que verla en manos de otros; toda una prueba de fortaleza que personas más fuertes que él no habrían podido superar. Kellynch Hall iba a alquilarse. Esto, no obstante, era un profundo secreto; nadie fuera de su círculo más próximo debía enterarse.

Sir Walter no podría haber soportado que se difundiera la noticia de que pensaba alquilar su casa. Mister Shepherd mencionó una vez la palabra «anunciar», pero no se atrevió a pronunciarla más: sir Walter desdeñó la idea de que su casa se ofreciera de cualquiera de las maneras y prohibió hasta el comentario más ligero que revelara que ésa era su intención. Sólo la alquilaría en el supuesto de que alguna persona interesada de méritos irrefutables la deseara ocupar, imponiendo sus propias condiciones y como un gran favor.

¡Con qué rapidez encontramos motivos para acceder a lo que nos conviene! Lady Russell disponía de otro motivo excelente para alegrarse mucho de que sir Walter y su familia abandonaran su residencia. Elizabeth llevaba cierto tiempo confiando excesivamente en cierta persona, algo a lo que lady Russell deseaba poner fin. Era una hija de Mister Shepherd que había regresado a casa de su padre tras un desafortunado matrimonio, con la carga adicional que suponían dos hijos. Era una mujer joven y lista, maestra en el arte de agradar, al menos del modo en que se hacía en Kellynch Hall; había caído tan bien a Miss Elliot que pasó allí algunas temporadas a pesar de que lady Russell, que la consideraba una amistad fuera de lugar, le había aconsejado repetidas veces que actuase con reserva y cautela.

En realidad, lady Russell, que ejercía muy poca influencia sobre Elizabeth, la quería aunque no lo mereciera. Nunca había recibido de ella más que cierta atención superficial, sin sobrepasar nunca la cortesía más estricta, ni había podido hacerla desistir de hacer ninguna cosa por la que sintiera previamente alguna inclinación. Insistió una y otra vez en que Anne los acompañara en sus estancias en Londres, al percibir con claridad la injusticia y la vergüenza de todas las egoístas maquinaciones que siempre la excluían, y en muchas ocasiones había ofrecido a Elizabeth consejos basados en su mejor criterio y experiencia, que siempre cayeron en el vacío: Elizabeth hacía lo que quería y si lady Russell se había opuesto con todo ahínco a su amistad con Mrs. Clay era porque se había apartado de la meritoria compañía de Anne para derrochar todo su afecto y confianza en una persona a quien no debía tratar sino con una distante cortesía.

Mrs. Clay, a ojos de lady Russell, era una amiga muy desigual a Elizabeth en posición social y, además, la creía una amistad muy peligrosa por su reputación. Un traslado de residencia que las separara y permitiera a Anne hacer amistad con personas de más valía constituía, por tanto, un asunto de la mayor importancia.


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2 comentarios:

  1. Holaa, leí justo este mes un libro de Jane Austen, Emma, y me gustó bastante, espero acabar leyendo toda su obra (poco a poco porque al ser clásicos me cuesta un poquito más)
    Besoss

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    Respuestas
    1. Hola, Looking for a book:

      Me alegro un montón de que te estés acercando a la obra de esta autora. Ya me contarás qué te parecen sus otras novelas. Mis favoritas son "Orgullo y prejuicio" y "Persuasión". ¡Gracias por pasarte!

      Un saludo imaginativo...

      Patt

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