Lectura quincenal - Enero 2019


Estrenamos nuevo año y, como el mes pasado no tuve hueco para esta sección, hoy me pongo al día con una novela que marcó el final de mi infancia y el comienzo de mi adolescencia: Corazón de tinta de Cornelia Funke (traducida por Rosa Pilar Blanco). Este libro nos introduce muchos temas, cabalgando entre el realismo, la magia, la aventura y la fantasía. En ella, Maggie y su padre Mo se verán envueltos en toda una aventura para la que intentarán encontrar respuestas en... ¡un libro! La magia metaliteraria que creó la autora en esta historia me fascinó y este novela se coronó como una de las más importantes para mí de esa época. Más adelante, pude seguir las aventuras de Maggie y Mo en Sangre de tinta y Muerte de tinta, los dos libros que completaron la trilogía que inició Corazón de tinta.

A continuación te dejo las primeras páginas de la novela para ver si te pico el gusanillo si aún no la has leído o para invitarte a releerla si ya lo hiciste...

Corazón de tinta de Cornelia Funke [Siruela]


Corazón de tinta


Cornelia Funke

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UN EXTRAÑO EN LA NOCHE


La luna brillaba en el ojo del caballo balancín y en el ojo del ratón cuando Tolly lo sacó de debajo de la almohada para contemplarlo. El reloj hacía tictac, y en medio del silencio él creyó oír unos piececitos descalzos corriendo por el suelo, luego risas contenidas y cuchicheos y un sonido como si estuvieran pasando las páginas de un libro grande. 
Lucy M. Boston, Los niños de Green Knowe 


Aquella noche llovía. Era una lluvia fina, murmuradora. Incluso años y años después, a Meggie le bastaba cerrar los ojos para oír sus dedos diminutos tamborileando contra el cristal. En algún lugar de la oscuridad ladraba un perro y Meggie no podía conciliar el sueño, por más vueltas que diera en la cama.

Guardaba debajo de la almohada el libro que había estado leyendo. La tapa presionaba su oreja, como si quisiera volver a atraparla entre las páginas impresas.

–Vaya, seguro que es comodísimo tener una cosa tan angulosa y dura debajo de la cabeza –le dijo su padre la primera vez que descubrió un libro debajo de su almohada–. Admítelo, por las noches te susurra su historia al oído. 

–A veces –contestó Meggie–. Pero sólo funciona con los niños pequeños –como premio Mo le pellizcó la nariz. 

Mo. Meggie siempre había llamado así a su padre. 

Aquella noche –en la que tantas cosas comenzaron y cambiaron para siempre– Meggie guardaba debajo de la almohada uno de sus libros predilectos, y cuando la lluvia le impidó dormir, se incorporó, se despabiló frotándose los ojos y sacó el libro de debajo de la almohada. Cuando lo abrió, las páginas susurraron prometedoras. Meggie opinaba que ese primer susurro sonaba distinto en cada libro, dependiendo de si sabía lo que le iba a relatar o no. Sin embargo, ahora lo fundamental era disponer de luz. En el cajón de su mesilla de noche escondía una caja de cerillas. Su padre le había prohibido encender velas por la noche. El fuego no le gustaba.

–El fuego devora los libros –decía siempre, pero al fin y al cabo ella tenía doce años y era capaz de controlar un par de velas. 

A Meggie le gustaba leer a la luz de las velas. En el antepecho de la ventana tenía tres fanales y tres candeleros. Cuando estaba aplicando la cerilla ardiendo a una de las mechas negras, oyó pasos en el exterior. Asustada, apagó la cerilla de un soplido –¡con qué precisión lo recordaba todavía muchos años después!–, se arrodilló ante la ventana mojada por la lluvia y miró hacia fuera. Entonces lo vio.

La oscuridad palidecía a causa de la lluvia y el extraño era apenas una sombra. Sólo su rostro brillaba hacia Meggie desde el exterior. El pelo se adhería a su frente mojada. La lluvia chorreaba sobre él, pero no le prestaba atención. Permanecía inmóvil, los brazos cruzados contra el pecho, como si de ese modo pretendiera entrar en calor. El desconocido no apartaba la vista de su casa desde el otro lado. 

«¡Tengo que despertar a Mo!», pensó Meggie. Pero se quedó sentada, con el corazón palpitante, los ojos clavados en la noche, como si el extraño le hubiera contagiado su inmovilidad. De pronto, el desconocido giró la cabeza y a Meggie le dio la impresión de que la miraba de hito en hito. Se deslizó fuera de la cama con tal celeridad que el libro abierto cayó al suelo. Echó a correr descalza y salió al oscuro pasillo. En la vieja casa hacía fresco, a pesar de que estaba finalizando el mes de mayo.

En la habitación de su padre aún había luz. Él solía permanecer despierto hasta bien entrada la noche, leyendo. Meggie había heredado de él la pasión por los libros. Cuando después de una pesadilla buscaba refugio a su lado, nada le hacía conciliar el sueño mejor que la tranquila respiración de su padre junto a ella y el ruido que producía al pasar las páginas. Nada ahuyentaba más deprisa los malos sueños que el crujido del papel impreso. 

Pero la figura que estaba ante la casa no era un sueño, era real.


[Ahora, te toca a ti descubrir lo que sigue...]


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2 comentarios:

  1. Esta saga me llama bastante la atención y me la recomendaron ya varias personas pero aún no me animo a leerla jajaja, siempre hay excusas. Que lindo que guardes recuerdos de tu adolescencia cuando la leíste, me pasa lo mismo con algunos libros como Anne la de Tejados Verdes y me encanta releerlo y "volver en el tiempo".
    Gran entrada, un abrazo!

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    Respuestas
    1. Hola, Arwen:

      Ay, pues nononono, ¡fuera excusas! Que es genial. ¡Y tiene que ver con los libros! Sé que son libros largos, pero... están muy bien, de verdad.

      ¡Ana de las Tejas Verdes! ¡Me encanta! Justo hace unos días me compré el libro 3, que me faltaba en la colección (saltaba del 2 al 4 porque en su momento, cuando los compré ese no estaba). Es una historia maravillosa.

      Me alegro de que te haya gustado la entrada. ¡Gracias por tu comentario!

      Un saludo imaginativo...

      Patt

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