jueves, 23 de diciembre de 2010

Lectura quincenal

La torre de Babel

Eliacer Cansino

La Torre no es Babel, pero podría serlo: por las ansias desmedidas, por la confusión que contiene. Nada más llegar al pueblo se la ve. Su imponente figura de gigante famélico del desarrollismo de los años sesenta, la deja torpemente en evidencia, como un gigante jubilado, junto al resto de los edificios. Nadie puede permanecer en su puerta más de dos minutos: un río de vida y confusión se precipita hacia dentro y hacia fuera incesantemente y arrastra al que allí permanece.
—No permitiremos que se construya otro edificio así—dicen los de urbanismo sin saber si jurarlo o no, porque hoy nada se jura y bien pudiera ser que mañana estén construyendo otro
igual en la otra esquina del pueblo.
El pueblo se llama Alfarache. En el mundo no es nada, tal vez ni siquiera aparezca en los mapas, pero para sus habitantes lo es todo y todo pasa por Alfarache, atraído por el magnetismo de su monumental Corazón de Jesús bajo el que un cardenal se construyó un sarcófago para esperar la resurrección, indicando que allí estaba él, no fuera a pasar de largo el dedo de Dios y quedase para siempre en polvo. Hay que subir hasta esa colina desde donde hace siglos han ido aparcando sucesivamente fenicios y romanos, visigodos y árabes, y donde hoy los arqueólogos, aprovechando la carcoma del metro, intentan descubrir las claves enigmáticas de un cerro llamado Chaboya, donde al parecer los musulmanes instalaron el castillo que da nombre a la localidad: Alfarache.
La Torre es el mayor edificio del pueblo, un bloque ácido e inhumano en el que viven tantas personas como en toda la urbanización de casitas adosadas que acaban de construir en
las afueras. Personas instaladas en estantes del aire, como libros, cada uno con su historia, historias buenas e historias malas. Unas a punto de abrirse y otras de cerrarse.
En el zaguán de la Torre, cuando llueve, o en el puestecillo de cartones improvisado en la calle, Patachula pasa el día pregonando su rifa particular. Es un hombre que cojea con una dificultosa maniobra de su cuerpo. Vende unas papeletas que están prohibidas, con las que rifa 500 euros, 80 000 pesetas (aún tiene que decirlo así para que lo entiendan), y que distribuye entre los vecinos y que firma sin el menor pudor, Patachula. Solo en una ocasión coincidieron con el número de la suerte y Patachula pagó religiosamente las papeletas vendidas, con lo que la confianza en su rifa creció entre los que aún dudaban de que repartiera el premio.
Viven también en la Torre indios, marroquíes, ecuatorianos, españoles, guineanos, nigerianos... Trasiegan de un lado para otro, trapichean, traen y llevan el sustento de sus vidas, las historias con que arman sus conciencias, la memoria polvorienta de los desiertos, los caracoles, el baile de maíz y cumbia, el temblor del citar, la voz apocalíptica que nace de los alminares... A veces se les oyen restos de conversaciones:
—Solo hasta que mi marido venga de Barcelona.
—Tu marido no va a volver, ¿te enteras?
—¡Qué sabes tú! Nunca te cayó bien.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
—Lo encontré en el autobús.
—Tienes que devolverlo.
—¿Cómo voy a devolverlo? ¡Estaría loco!
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
—Es un pitbull legítimo. Por menos de quinientos euros
no te lo vendo.
—¿Y ataca?
—¿Que si ataca?
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
—No le vuelvas a poner la mano encima a la niña.
—¡Tú estás loca! ¡Quién te has creído que eres!
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
—Los médicos no saben lo que es.
—Buena pinta no tiene.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Conversaciones que van al aire y se confunde por los pasillos.
Al caer la noche, el hormiguero se apacigua. Quedan aún algunos gritos últimos, intempestivos. Después el silencio. Aquí viven Berta y Lucía y Rashid y Stéfano y Gil y Ángel y Nor. Aún no saben que pertenecen a una misma historia.


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Patt / Administradora de Devoim

Comencé mi andadura en este rinconcito literario y teatral allá por 2008 y desde entonces he sido la autora de todos los contenidos del blog, así como de su diseño. En la actualidad ando a vueltas con el SEO. Mi mantra: "Nunca dejes de aprender".

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