Lectura quincenal - Marzo 2019


Siguiendo la línea de la última lectura quincenal hoy te vengo a habar de otra novela que marcó mi adolescencia: El desierto de hielo de Maite Carranza, segunda parte de la trilogía de La guerra de las brujas, y del que ya te hablé (y te recomendé) hace algunos años aquí (¡siete, nada menos!).

Con esta novela me sucedió algo muy curioso y es que me la compraron pensando que se trataba de un libro independiente. No fue hasta después de haberlo terminado que me enteré de que formaba parte de una saga y cuando al fin leí el primer libro rellené algunos huecos se me habían quedado de esta segunda parte. Aún así, es cierto que El desierto de hielo se trata de una historia bastante independiente y me explico:

*ATENCIÓN. LA EXPLICACIÓN CONTIENE SPOILERS DEL PRIMER LIBRO*

Esta trilogía trata sobre Anaíd, que encarna el archiconocido papel de la Elegida. En este volumen, sin embargo, conocemos la historia de su madre, Selene. Por tanto, aunque seguimos la historia de Anaíd, aquí el protagonismo lo toma momentáneamente el otro personaje. De toda la trilogía debo confesar que precisamente este libro es mi favorito. La historia de Selene, me llegó mucho más que la trama de la hija. Era más madura, más completa, más emotiva.

*FIN DE LOS SPOILERS*

A continuación te dejo las primeras páginas de la novela para ver si te pico el gusanillo si aún no la has leído o para invitarte a releerla si ya lo hiciste...

El desierto de hielo de Maite Carranza [Edebé]


El desierto de hielo


Maite Carranza

.
.
PROFECÍA DE OM 

Verá la luz en el infierno helado, 
donde los mares se confunde con el firmamento,
 y crecerá en el espinazo de la tierra,
donde las cumbres rozan los astros. 

Se alimentará de la fuerza de la osa, 
crecerá bajo el manto cálido de la foca 
impregnándose de la sabiduría de la loba 
y al fin se deberá a la astucia de la zorra. 

La elegida, hija de la tierra, surgirá de la tierra
que la amará y acogerá en su seno. 
Prisionera de su tibieza, 
permanecerá ciega y sorda,
acunada por las madres oscuras 
y arropada en sus dulces mentiras. 


CAPÍTULO 1: LA NOCHE DE IMBOLC

Anaíd dormía despreocupadamente con los brazos extendidos y el semblante plácido sin importarle la luz que se colaba por los postigos de su ventana.

A su alrededor, en la habitación de techos altísimos y paredes encaladas una y mil veces se respiraba la atmósfera que precede a las migraciones estacionales. Ropa apilada, libros diseminados, zapatos en hilera, todo dispuesto para se trasladado a la enorme maleta que, aún vacía aguardaba su turno a los pies de la cama.

Selene, con el cabello revuelto y una taza de café humeante en la mano, entró sigilosamente seguida de una figura abrigada con una pelliza de lana. Con ojos picaros se inclinó sobre Anaíd soplándole levemente el oído.

—Buenos días.

Anaíd, en sueños, lanzó un manotazo sobre su oreja y Selene sonrió. Era su juego de siempre.

Volvió a soplar con suavidad sobre el lóbulo provocando que su hija, con un movimiento brusco, girase sobre sí misma y se destapara. La contempló con una mezcla de melancolía y orgullo. Su pequeña había crecido demasiado deprisa. Así dormida, con la punta de los dedos rozando los labios entreabiertos, aún conservaba el gesto de niña desvalida; pero esas largas piernas, inacabables, las caderas redondeadas, la curva del pecho que se movía al ritmo de su respiración y esa piel tersa, elástica, acabada de estrenar, pertenecían al cuerpo de una joven.

Selene susurró al oído de Anaíd:

—Despierta, bella durmiente.
—Déjame —se oyó por toda respuesta—. No estoy.

Y para corroborarlo, se tapó la cabeza con la funda nórdica.

Pero su madre continuó incordiándola a su manera.

—Ha venido tu príncipe a despertarte.
—Vete a la porra.

Entonces le hizo cosquillas sin piedad y con el dedo índice indicó a la silenciosa figura que se acercase.

—Prepárate —advirtió Selene—. Vas a recibir un beso de amor.

Y sobre su cara se posaron unos labios juguetones que fueron besuqueando su barbilla, su nariz, sus mejillas y, justo en el momento en que se acercaban a su boca, Anaíd abrió los ojos y se incorporó de un salto con una expresión sincera de alegría.

—¡¡¡Clodia!!!

En efecto, la intrusa cariñosa no era otra que la amiga siciliana de Anaíd. La simpática Clodia, ligona, enrollada y discotequera. Quince años como ella. Una bruja Omar como ella. Una joven del clan del delfín que le debía la vida, y con la que compartió un gran peligro, allá en Taormina, bajo la lava del Etna, cuando las dos quedaron prisioneras de la bruja Odish Salma.

Selene se retiró prudentemente y las dejó solas, abrazándose y celebrando su reencuentro.
Luego se ocuparían de la maleta.

Anaíd todavía digería la sorpresa.

—Selene me dijo que no podías venir.
—¿Y perderme tu primera fiesta de cumpleaños? Ni loca.
—Me dijo que estabas liada con las clases —murmuró mientras mostraba su ropa nueva a Clodia.

Clodia estaba entusiasmada con las compras de Anaíd y se encaprichó de una falda corta.

—Ha sido una excusa muy buena. Me he saltado mi examen de Mates. Te quiero, Anaíd. Y esta falda me encanta, me la voy a probar.

Y se quitó los pantalones en un abrir y cerrar de ojos.

 —O sea, que has venido aquí para saltarte tu asqueroso examen y para gorronearme mi ropa.
—Eso mismo... ¿O te creías que venía a tu fiesta porque era tu amiga?
—¿Y quién degollará al conejo para leer sus vísceras?
—Yo, por supuesto. Pero eso será después.
—¿Después de qué?
—De probarme todos tus modelitos super fashion y darte tu última clase de maquillaje. ¿Cómo quieres ligar con esa cara?
—Si es que me acabo de despertar...
—Por eso. Si acabada de despertar tienes cara de sueño, ¿qué cara vas a tener a las doce de la noche?
—¡Eres imposible!
—Ven aquí que te pinte la raya en su sitio.
—Ven tú primero y te enseñaré una cosa.

Anaíd abrió la ventana de par en par y el frío aire del Pirineo se coló como un torbellino arrastrando consigo una finísima lluvia de hojarasca y polvillo que hizo estornudar a Clodia.

—¡Esto es terrorismo! No puedes abrir la ventana de esta nevera montañesa a una siciliana de sangre mediterránea.
—Calla y mira.

Y Anaíd, con su mano, le mostró la imponente cordillera pirenaica con las cimas pintadas de blanco. Las dos contemplaron el paisaje durante unos instantes en los que el único sonido fue el crujir de las ramas movidas por el viento. Pero Clodia no podía estarse callada más allá de medio segundo.

—Parece una postal. Una postal congelada.
—Shhhhhiiii.
—Eso blanco... ¿no será nieve?
—Pues claro.
—¡Qué horror! ¡Tan cerca!
—Es preciosa. Fíjate en cómo resplandece.

Clodia cerró la ventana tiritando y se encaró con Anaíd.

—Ahora entiendo por qué tu madre está tan bien conservada. A esta temperatura... cualquiera.

Y las dos se lanzaron sobre la cama peleando por una camiseta azul.

Aún desgreñada y somnolienta, Selene regresó a la hogareña cocina de su casa de Urt, puso una nueva cafetera en el fuego y sirvió un plato más en la mesa cubierta de hule amarillo donde en esos momentos desayunaban Valeria, Karen y Elena.

Acababan de presentarse las tres juntas, por sorpresa, y ese desayuno en cierta manera significaba un reencuentro y una despedida.

Karen, que era médico rural y conocía al dedillo las angostas carreteras pirenaicas, había recogido en la estación de Jaca a Valeria, bióloga y matriarca del clan del delfín, y a su hija Clodia. Las dos brujas sicilianas se sumaban así a la fiesta de despedida que Anaíd y Selene celebrarían esa noche antes de su partida.

—Anda, prueba la coca de piñones, está recién salida del horno —la tentó la oronda Elena, la bibliotecaria, que con sus ocho hijos y sus muchos kilos de más era la dienta favorita de la panadería del pueblo.

Valeria, hambrienta tras el largo viaje, se chupaba con glotonería los dedos cubiertos de azúcar.

—Si me hubieras dicho que en tu tierra horneabais delicias como ésta, Clodia y yo hubiésemos venido más a menudo.

Selene le sonrió, pellizcó un piñón con desgana, sorbió su café, se estremeció y se sentó junto a Karen, su mejor amiga, que tal vez por deformación profesional de una rápida ojeada aventuró su diagnóstico.

—Estás asustada.

Selene asintió. Valeria, toda energía, oprimió su mano con fuerza.

—Cuenta con nosotras.

Selene suspiró.

—Nadie podrá saber nuestro paradero. Ni siquiera vosotras.
—¿Cuándo os vais?
—Mañana por la mañana.
—¿Anaíd ya lo sabe?

Selene chasqueó la lengua.

—Evito que sepa demasiadas cosas. Todavía es muy joven, puede creer que nuestra situación no es desesperada, que se trata de una simple aventura y que puede explicársela a las amigas. Eso sería fatal.

Nadie puso en duda que la situación de Selene fuese desesperada, pero Elena objetó:

—Anaíd es muy madura para su edad.
—«Su edad», tú lo has dicho. En cualquier momento puede reaccionar como lo que es, una chica de quince años —respondió Selene.
—¿Quieres decir que aún no está preparada para utilizar el cetro de poder?

Selene se sorprendió ante la ingenuidad de Karen.

—Claro que no. Fue iniciada hace tan sólo varias semanas. Supo que era una bruja hace unos meses...

Y era cierto. Habían sucedido demasiadas cosas en poco tiempo. La muerte de Deméter, la gran matriarca y madre de Selene, hacía un año a manos de brujas Odish. La desaparición de la pelirroja Selene unos meses después. Su búsqueda, la transformación de Anaíd en bruja, su iniciación y luego la gran revelación: Anaíd —y no su madre, Selene— era la elegida de la profecía, la del cabello de fuego y grandes poderes que las brujas Odish y Omar habían esperado durante milenios para que decantara la balanza de su lucha, definitivamente.

Hacía apenas unas semanas que se había producido la gran conjunción astral que anunciaba el inicio del reinado de la elegida. Y Anaíd, con su cetro de poder que surgió de las entrañas de la tierra, debía huir, esconderse y fortalecerse hasta sentirse capacitada para empuñarlo con criterio y luego emprender la difícil tarea que profetizaban los libros antiguos: restaurar la paz definitiva exterminando a las brujas Odish, inmortales, sanguinarias y enemigas ancestrales de las Omar, a las que desangraban de niñas y jóvenes para perpetuar su juventud y su belleza.

Karen sentía gran admiración por Anaíd.

—Pero Anaíd, en sólo ese tiempo, ha conseguido aprender todo lo que una bruja aprende a lo largo de una vida. ¿Cuál de nosotras ha sido capaz de efectuar un conjuro de vuelo sin haberlo ensayado jamás? ¿Quién ha podido transformarse en delfín y surcar los mares, sumergirse en un lago helado bajo la apariencia de una carpa, sobrevolar los Apeninos y los Alpes con los brazos alados y las plumas de águila?

Las tres mujeres, anonadadas, asintieron. Valeria añadió:

—Y cabalgó el sol, y regresó del mundo opaco contigo tras derrotar a Salma. Anaíd es muy poderosa.

Selene lo admitió.

—Eso es cierto, sus poderes nos superan. Por algo es la elegida de la profecía.
—Quizás está preparada —aventuró Karen.

Selene negó con convicción.

—No es suficiente.
—¿Qué más debe aprender?

Selene chasqueó la lengua.

—No se trata de aprender, no se trata de memorizar conocimientos o practicar técnicas. Se trata de hallar un equilibrio entre su mente, su cuerpo y sus poderes. Anaíd aún está creciendo, aún se está conociendo a sí misma y no se quiere lo suficiente.
—Es preciosa.
—Inteligente.
—Y lista.

Selene negó.

—Ha crecido demasiado deprisa. La dejé siendo un patito feo y ahora ya es un cisne y sabe volar, pero aún no sabe orientarse en medio de una tormenta y... —suspiró— no conoce el Camino de Om.

La sola mención de ese nombre provocó escalofríos.

—¿Y tú, Selene? ¿Lo conoces acaso? ¿Lo has hecho? ¿Has hecho tú el Camino de Om? —la increpó Karen—. Ninguna bruja Omar ha hecho jamás el Camino de Om, que comunica con el mundo de los muertos. Todo son rumores y leyendas.

Selene era muy hermosa, regalaba poderío y respiraba el aire a borbotones, puras ansias de vivir. Sin embargo, cuando revivía su pasado, sus ojos verdes, aparentemente alocados y dispersos, se precipitaban como las aguas del lago y se tornaban viejos y sabios.

—No es ninguna leyenda. Yo lo hice, y Anaíd deberá hacerlo. Ésa es nuestra tarea más difícil.

Las tres mujeres callaron abrumadas por la revelación de Selene.

—Hice el Camino de Om hace muchos años. Era casi tan joven como Anaíd y no tenía a nadie que me guiara.

A ninguna de ellas se le hubiera ocurrido que la loca pelirroja, de risa estentórea y actitudes provocativas, hubiese penetrado en el reinado de la muerte.

En torno a Selene se había tejido una leyenda negra sobre los años en que desapareció del control de las Omar. En su juventud, Selene, rebelde y contestataria, desapareció por completo. Nadie, excepto ella y su difunta madre, Deméter, sabían qué había sucedido durante ese tiempo. Los rumores eran muchos. Se hablaba de pactos con las Odish, de traiciones, de adquisición de poderes ocultos, de ambiciones cumplidas. Selene acababa de desvelar uno de sus secretos. Su viaje por el Camino de Om, que conduce hasta la muerte.

—¿Cómo pudiste hacer el Camino de Om y sobrevivir? —exclamó Valeria exorcizando el mismo nombre que se había pronunciado.
—Entonces tenía un motivo. Y quizás ocurrió así para poder guiar a mi hija de nuevo, para que se cumpla la profecía y pueda asir el cetro con mano firme.
—¿Y es necesario que recorra el Camino de Om?

Selene parpadeó y dio una explicación plausible. Había hablado demasiado. Su don no era precisamente la discreción.

—Hasta ahora la muerte ha sido el territorio de las Odish. Las Omar lo hemos eludido, pero la elegida no podrá vencer a las Odish si antes no ha realizado el Camino que hizo Om cuando desapareció en la cueva con su hija Orna para protegerla de Od. Y además...
—¿Además qué?
—Hay otro motivo de peso, pero no puedo decíroslo.

Se hizo un silencio leve que sólo interrumpió el lento masticar de sus bocas.

—Dolz y Glabutz han escrito mucho acerca del viaje —apostilló Elena, una fuente de primera mano para conseguir información.
—Lo sé. Deméter y yo estuvimos leyendo y preparando juntas este difícil momento. Aunque nunca se me ocurrió que Deméter no estaría. Tendré que acompañarla sola.
—¿Cuándo?
—Lo antes posible. El tiempo urge, nos están acechando.

Elena untó una nueva tostada con mantequilla y la decoró con enormes cucharadas de mermelada.

—Anaíd parece tranquila y confiada. Estuvo repartiendo las invitaciones de su fiesta por Urt. Ella misma ha alquilado la sala de baile, ha comprado las bebidas y, junto con Roc, han hecho acopio de música para bailar un año seguido. Me ha pedido que la ayude con los bocadillos.
—A mí también —añadió Selene—. Esta fiesta le hace mucha ilusión. Ante ella finjo seguridad, pero hemos atrasado demasiado nuestra marcha. Esta noche cumple quince años. Tendríamos que haber marchado antes.
—¿Presientes algo?

Selene afirmó.

—He formulado cada noche el conjuro de protección de Dido, el más completo, y lo he reforzado con un pentáculo de malaquita, y a pesar de ello siento una presencia hostil.

Valeria extendió las manos con aprensión y cerró los ojos. Sus brazos nervudos se tensaron, tembló unos instantes y luego se relajó inmediatamente de su corto trance. Sin mediar palabra removió con la cucharilla su vaso de café, lo bebió de un sorbo y luego contempló el poso del fondo.

—Efectivamente, Selene tiene razón.

No era un buen presagio que la oráculo etrusca confirmara la interferencia de una posible Odish. Creó mal ambiente.

Pero Elena, la buena de Elena, se zampó su última tostada con mantequilla y mermelada y palmeó.

 —¿Os habéis propuesto fastidiarme el desayuno? Pues no lo conseguiréis. Si no lo consiguen mis ocho hijos ni mi marido, no podrá ni la mismísima condesa o la dama negra revivida, por mucha presencia hostil que tenga.

Selene rió.

—Y que la condesa te conserve el apetito por muchos años. Ni en su presencia dejarías de comer.
—Faltaría más... Si no, mi pobre Rosario ¿qué leche mamaría?

El nombre de su nuevo bebé las hizo partir de risa.

—Eres consumadamente retorcida. Rosario es nombre de niña. Elena tenía ocho chicos y ansiaba una niña.

—Por eso se lo puse.
—Prometiste que le llamarías Ros.
—Pero Rosario es más completo. Cuando sea mayor me lo agradecerá.

Y Elena consiguió lo que se proponía, restaurar el buen humor y el optimismo. Se limpió delicadamente los labios y las manos y anunció con picardía:

—Tengo muy buenas noticias. He encontrado el conjuro del camaleón, el que nos dijeron que se había perdido definitivamente en la quema de la biblioteca de Alejandría.
—¿De verdad?
—He estado practicando y funciona de maravilla.

Apartó con cuidado su plato de tostadas y de su enorme maleta sacó un grueso volumen, apolillado y amarillento, encuadernado en cuero. Con una agilidad sorprendente, sus dedos regordetes fueron pasando las páginas de papel de cebolla hasta dar con lo que buscaba. Con un gesto triunfal lo mostró al auditorio.
—Se puede formular a distancia y no importa dónde esté la bruja en peligro.

Selene sonrió adelantándose a su siguiente explicación.

—¿Quieres decir que me podréis hacer desaparecer esté donde esté?

Elena sonrió.

—Efectivamente. Tras una llamada tuya nuestra reacción será inmediata.

Selene se lanzó al cuello de Elena para besarla, pero tropezó con su maleta. Del golpe vertió la taza de café, que se derramó sobre la mesa. Al acto, Valeria, perteneciente a la tribu etrusca y con grandes poderes adivinatorios, oscureció su mirada y todas callaron. Al darse cuenta de la expectación, intentó quitar hierro al asunto.

—No pasa nada. No tiene importancia.
—Sí que la tiene —musitó Selene con los ojos fijos en la mancha negruzca que se extendía informe sobre el mantel amarillo—. Dinos qué ves.
—No puedo leerlo —insistió Valeria muy nerviosa.
—¿Aviso a Clodia? —la amenazó Selene.

Valeria negó y con un gesto rápido tomó la bayeta y recogió el café.

—Sólo era café derramado. Nada más.

Todas sabían que no era cierto.


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