domingo, 10 de octubre de 2010

Dos añitos!!!

4 imaginaciones
Hola a tod@s.

Hoy, el blog cumple dos añitos. Es su segundo aniversario y quiero celebrarlo con tod@s vosotr@s.

Una sorpresa llegará volando próximamente... ¿Qué será, será?

A ver... qué se os ocurre...

Un saludo imaginativo...

lunes, 4 de octubre de 2010

Dos noticias...

0 imaginaciones
De parte de Anaya... un concurso


Como ya está a la venta el segundo título de «La profecía de las hermanas», El ángel del caos, Anaya organiza un CONCURSO DE MICRORRELATOS para conseguir las siguientes cosillas:
*Un ejemplar de la segunda entrega de esta trilogía
*La camiseta de la saga
*Marcapáginas de la serie.
Cito las bases:
Solo tienes que ayudar a Lia a encontrar las páginas perdidas del Librum Maleficii et Disordinae. Recuerda que ella sabe que estas páginas están en algún lugar y que debe descifrar sus palabras para evitar que la profecía se cumpla. Echa a volar tu imaginación y escribe un microrrelato (de no más de 100 palabras) describiendo el modo y el lugar en que Lia encuentra las páginas perdidas.
¿Dónde tienes que enviar tu relato?
A la dirección: anayainfantilyjuvenil@anaya.es

¿Hasta cuándo tienes de plazo?
Hasta el domingo 31 de octubre

¿Cuántos relatos ganarán?
Uno, el más original y creativo. Y además, lo publicarán en su blog.


De parte de Viceversa... una nueva novela

Vidas sin fronteras

Bru Rovira


Sinopsis
Detrás de cada trabajador humanitario hay una historia personal, una voluntad, una motivación.
¿Por qué Carlos, un abogado de cuarenta años que se gana muy bien la vida en Bilbao cuelga la toga y se va a trabajar para una organización humanitaria en Somalia? ¿En qué piensa Anna, una joven de Pisa, el día en que termina la carrera de medicina y decide poner sus conocimientos al servicio de la salud de los más necesitados? ¿Qué siente Paula, que ha crecido en Madrid, al llegar a Chipindo, una pequeña ciudad de Angola donde prácticamente todos los niños menores de cinco años han muerto por falta de alimentos? ¿O la joven enfermera argentina, Pilar, que en su primera misión es secuestrada y cuando recobra la libertad decide continuar asistiendo a los enfermos en zonas de conflicto?
A la venta a partir del 7 de octubre

PRÓXIMA PRESENTACIÓN DEL LIBRO:

Jueves 21 de octubre de 2010, 19h00 - Librería ABACUS, c/ Balmes núm.163 - BARCELONA

viernes, 1 de octubre de 2010

Lectura quincenal

1 imaginaciones
Deseo de ser punk

Belén Gopegui

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Odiaba su música. Normalmente son los padres los que odian la música de los hijos. Pero es que: uno, yo no tenía música; dos, a ellos les daría igual que la hubiera tenido porque yo no iba vendiéndoles a ellos lo que me gustaba. A lo mejor no debía contártelo. ¿Qué importa? Tener dieciséis años y no tener música. Hay chicas de mi edad que no tienen padres ni familia, ni cama, yo qué sé. Vale, ¿y para qué sirve comparar? Las cosas tienen que estar bien porque lo están, no porque sean mejores o peores que ninguna otra. Mi bolígrafo es perfecto. Plateado, de los que aprietas para que baje la punta. Y tiene recambios. Me gustan los recambios. Hacen que sepa que mi bolígrafo es único, lleva cinco recambios puestos por mí, dos de tinta azul y tres de tinta negra. Y ya está. No lo comparo, no me da la gana. Estoy escribiéndote con él y es todo lo que necesito. Creo que tener dieciséis años, llamarse Martina y no haber tenido música es un asqueroso desastre. Porque si la hubiera tenido sentiría que pertenezco a algún sitio, supongo. Tener música es como tener un código. Y es extraño porque yo creo que sí tengo un código.

«You, who are on the road, must have a code, that you can live by»: tú, que estás en la carretera, debes tener un código según el cual puedas vivir. En inglés suena mejor, y rima un poco. Es la letra de una de las canciones que les gustan a mis padres. Creo que me dan grima porque gastan frases que me importan. O sea, desprecio, por ejemplo, a La Oreja de Van Gogh. Pero no les odio, no se lo merecen, ¿sabes?: «Mi corazón lleno de pena, y yo una muñeca de trapo», puagh, es una estupidez, babosa, me imagino a cualquiera oyéndolo mientras espera con el carro rebosante de yogures, detergente y jamón york en la cola del supermercado. Mi corazón, saco los yogures, lleno de pena, cojo el detergente, y yo una muñeca de trapo, saco la cartera. En realidad, no es música. Son sonidos empaquetados, como esos juguetes de bebés con pilas que dicen «pruébame» y aprietas y suenan cosas. La música, la de verdad, no suena: te atraviesa el cuerpo de parte a parte.

Es raro, mientras te escribo estoy viéndome escribirte y no me veo desde la puerta, sino más bien como si estuviera en la casa de arriba y el suelo fuera de cristal. Me tumbo en el suelo de los vecinos para ver cómo te escribo, con un codo apoyado en la mesa y el pelo tapándome la cara. Aquí arriba no hay nadie. Ni los vecinos, ni el perro de los vecinos. Y al mismo tiempo sigo abajo, en el cuaderno, contigo. Creo que me pasa esto porque desde hace unos días me he salido de la historia: la de mis padres, la del instituto, la de mi vida; la de lo que se supone que es mi vida, quiero decir.

[...]


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