domingo, 22 de noviembre de 2009

Lectura quincenal

1 imaginaciones
Tiempo, calma y silencio

Laura Gallego García


Llego con retraso, lo sé. No es sólo a causa del mal tiempo, es que me ha costado Dios y ayuda encontrar este lugar, a pesar de que las indicaciones parecían claras y precisas. Me pasé el desvío, y mira que lo andaba buscando. O, mejor dicho, andaba buscando una carretera, no un camino de cabras cerrado por una valla y casi comido por la vegetación.
La lluvia no ha facilitado las cosas tampoco. No es una tormenta ni nada parecido, sólo una lluvia fina e incómoda. Pero la humedad cala hasta los huesos, las nubes son bajas y de un color gris plomizo, y hay bastante niebla. Un día encantador, vaya.
Esto no va a afectar a mi valoración de la finca. Tengo demasiada experiencia en este trabajo como para dejarme desanimar por un día tristón. Sé de sobra que tarde o temprano saldrá el sol, simplemente hay que tener un poco de imaginación y visualizar el lugar con un poco menos de humedad y un poco más de colorido.
Por el momento, sí parece claro que habría que despejar la maleza del camino. Mi vehículo avanza lenta y pesadamente, aunque eso se debe también al barro que se pega a las ruedas. También sería necesario asfaltar esto y convertirlo en una carretera decente. Demasiados cambios, y ni siquiera he visto la casa todavía.
Tuerzo a la derecha y de pronto la finca aparece ante mí, oscura y lúgubre, como todas las casas antiguas un día de lluvia. A simple vista parece más grande de lo que imaginaba, y está bastante bien conservada. En esto, la agencia no me engañó: las fotos eran actuales.
Aparco el coche frente a la entrada, al lado de un Mégane de color vino y una furgoneta gris. Como suponía, me estaban esperando.
Bajo del coche, me echo sobre la cabeza la capucha del abrigo y me dirijo a paso ligero hasta el porche, donde me esperan dos hombres. A uno lo conozco. Es Mario Aguilar, el de la agencia. Un tipo joven y entusiasta, pero bastante competente. El otro rondará los cuarenta y muchos, y es un individuo bajo y corpulento, que está empezando a quedarse calvo. Parece muy nervioso. Supongo que no se siente a gusto con la idea de vender una propiedad que ha pertenecido a su familia durante tantas generaciones. De todas formas, en la agencia me dijeron que no soy el primero al que se la enseñan.
—Señor Correa —saluda Aguilar alegremente, estrechándome la mano con energía—. ¿Le ha costado encontrar el sitio?
—Un poco, sí —reconozco—. La carretera está bastante escondida.
Centro mi atención en el dueño de la casa, que se presenta como Pedro Gutiérrez.
—Daniel Correa —respondo—. Un placer.
—¿Entramos?
Realizamos con cierta rapidez la visita de rigor. No porque no haya nada que ver, sino porque yo sé exactamente qué es lo que estoy buscando. Para cuando bajamos de nuevo al vestíbulo, me he hecho una idea bastante precisa de la situación.
Es una casa grande y bien distribuida. Ya lo sabía por los planos, pero me ha gustado ver que las habitaciones tienen el tamaño adecuado, ni muy grandes, ni muy pequeñas. Hay un cuarto de baño en cada planta, el salón es lo bastante grande como para instalar un pequeño comedor y la chimenea está en buen estado. La casa tiene un serio problema de cañerías, como era de esperar, pero nada que no pueda arreglarse. Lo cierto es que es exactamente lo que estaba buscando.
—¿Y bien? —sonríe Aguilar—. No todos los días se encuentran fincas de esta antigüedad y tan bien conservadas, ¿no es cierto?
—No —reconozco—. Pero aun así, habría que poner calefacción central, cambiar las cañerías, reformar la cocina y los baños, restaurar las baldosas de los suelos, renovar todo el mobiliario... ah, y arreglar el tejado: tiene goteras.
—Nada que no haya que reformar en cualquier finca de estas características, como ya sabrá usted —replica Aguilar, impertérrito—. Si lo desea, podemos darle un margen de un par de días para pensarlo; pero ya hay otras personas interesadas en visitar la propiedad.
Lo dudo mucho, pero le sigo el juego y adopto una expresión poco convencida.
—Parece que ya no llueve —prosigue Aguilar, echando un vistazo por la ventana—, pero el cielo está cada vez más oscuro. Más vale que aprovechemos para marcharnos ahora, no sea que nos pille el chaparrón.
Reacciono.
—¿Ya? Si sólo hemos visto la casa. Me interesa visitar también la parcela. Veinte hectáreas, según la información que me facilitó.
Gutiérrez, que ha permanecido callado como un muerto durante toda la visita, da un respingo.
—¿La parcela? —repite, receloso—. ¿Para qué quiere verla?
Me esfuerzo por no mirarlo como si fuera tonto.
—Porque estoy interesado en adquirir toda la propiedad, no sólo la casa —le explico pacientemente.
—Bueno, pero hace un mal día, y estará todo el suelo embarrado —replica Gutiérrez, cada vez más nervioso.
—Llevo calzado adecuado —contesto, señalando mis botas de montaña.
—Ahí no hay nada que ver. Sólo hay un bosque, y ya está.
—¿Un bosque? —repito, lanzando una mirada de reproche a Aguilar; no me había contado que la parcela contenía terreno forestal.
—Sí, y bastante tupido —asiente Gutiérrez, animado por mis dudas—. No vale la pena adentrarse en él.
—Bueno, pero aun así quiero verlo. Necesito saber si podría contar o no con ese terreno.
—¿Por qué? ¿Qué es lo que quiere hacer con él?
—Bueno, depende de lo grande que sea la superficie aprovechable, y de cómo esté distribuído. Pero, de entrada, necesitaría un pequeño parking y una piscina. Y si es posible, una zona de juegos infantiles.
—¿Una piscina? No sabía que las casas rurales tuvieran piscina.
—Las mías, sí la tienen.
Estoy empezando a impacientarme. No quiero que se me note demasiado que hace tiempo que le tengo echado el ojo a esta región, y que por el momento esta es la única casa que me convence, de todas las que he visto. Normalmente el juego consiste en que ellos intentan venderme la casa, y yo remoloneo y pongo pegas para que mejoren la oferta. Me resulta extraño que sea el dueño el que ponga pegas. Me obliga a mostrar interés, y eso no es bueno.
—Vayamos a echar un vistazo —interviene Aguilar, oportunamente—. Si no le apetece salir, señor Gutiérrez, puede esperarnos aquí; no tardaremos.
Gutérrez reacciona.
—No, no —se apresura a responder—. Voy con ustedes.
Salimos de nuevo al porche y rodeamos la finca. Echo un vistazo a los alrededores. El paisaje es impresionante, un paraíso del senderismo y los deportes de montaña. Ninguna de las casas de campo que he visitado por aquí está tan alejada de la civilización y a la vez tan bien conservada como ésta. Sería una pena desaprovechar el terreno que la rodea. Ya había hecho cálculos antes de venir y, además de todo lo que le he dicho a Gutiérrez, también había añadido por mi cuenta un pequeño camping y un picadero para poder ofrecer a nuestros clientes un servicio de paseos a caballo. Veinte hectáreas dan para todo eso, y aún sobra espacio.
La visión de la propiedad de la finca echa por tierra mis cábalas. El dueño tiene razón: tras la cancela que da paso al terreno adyacente se extiende un verdadero bosque, denso y salvaje. Para que un bosque pueda crecer de esta manera tienen que haberlo descuidado durante décadas. No me explico cómo han desaprovechado así semejante espacio.
—Puf... —resoplo—. Un buen bosque, sí señor. ¿Por qué no me dijeron que se trataba de un terreno forestal?
Aguilar interviene, raudo:
—Es terreno forestal, pero todos los permisos están ya en regla. Por lo visto, hace tiempo que los dueños pensaban arreglar todo esto, aunque por alguna razón abandonaron el proyecto. —Mira a Gutiérrez, que asiente con la cabeza, confirmando sus palabras—. Por lo menos, le ahorraron el papeleo.
—Aun así, será complicado aprovechar el terreno. Talarlo y desbrozarlo todo costará un dineral.
—¿Talarlo? —La voz de Gutiérrez suena de pronto como el chillido de un ratón—. ¡Pero no puede hacer eso! Quiero decir... que el bosque siempre ha estado aquí, es parte de la herencia familiar...
—... pero, si no me equivoco, su familia está dispuesta a desprenderse de esa herencia, ¿no? De lo contrario, no estaríamos hoy aquí.
Gutiérrez deja caer los hombros.
—Sí, pero... en fin, contábamos en que dejarían la parcela como está.
—Así no me sirve para nada, ¿sabe? Si finalmente decido adquirir la finca, será porque voy a remodelar todo esto. Si fuera un bosque un poco menos... impenetrable, por así decirlo, se podrían acondicionar rutas para que la gente pasease. Pero desde aquí no se aprecia ni un mísero sendero. Es curioso que lo que hay tras la valla de la finca sea más agreste que el paisaje que la rodea.
Gutiérrez desvía la mirada, pero no dice nada. Aguilar agita el juego de llaves de la finca.
—¿Quiere pasar a echar un vistazo?
—No, déjelo. No sabría por dónde empezar. Llevo calzado de montaña, pero ahí detrás no hay ni sitio para poner los pies, con tanta vegetación.
Gutiérrez murmura algo entre dientes. Ha sonado como “A ella le gusta así”, pero no puedo estar seguro. Es un tipo un poco raro.
—Bien —asiente Mario, guardándose las llaves en el bolsillo de la parka—. En tal caso, creo que está todo visto, ¿no?
Regresamos al porche y nos detenemos allí para despedirnos. Las formalidades de siempre. Estaremos en contacto, ya le llamaré, gracias por venir... Nos estrechamos las manos y cada cual se dirige hacia su vehículo.

Para leer la continuación, pinchar aquí (Lecturas -> Tiempo, calma y silencio)

sábado, 21 de noviembre de 2009

Un nuevo premio para el blog...

2 imaginaciones
Concedido por Kyna, del blog Life is dream



Agradecer a la persona que te lo otorgó:
Muchísimas gracias, Kyna. La verdad, no me lo esperaba y fue una bonita sopresa encontrarme tu mensaje diciendo que me habías concedido el premio... ^^ De nuevo, muchas gracias
*

Decir por qué amas leer:
Leer me encanta. No sólo porque me guste entrar en otros mundos y conocer dversos personajes y evadirme de la realidad, sino también porque ya se ha convertido como en una necesidad. Mucha gente verá esto como algo raro, pero, lo cierto, es que, igual que hay gente que vive de la música, etc., una de mis prioridades es la lectura, que conlleva la imaginación ^^

*

Otorgar a los blogs que quieras:

lunes, 2 de noviembre de 2009

Concurso jugosito...

0 imaginaciones
Os presento un nuevo concurso...
El blog Letras y Escenas sortea 80 LIBROS de una tacada.


El Misterio de Letras y Escenas es un secreto a voces susurradas por descubrir.
Si queréis participar y ganar uno de los 5 lotes de 16 libros de romántica juvenil y adulta que sortea LYE pasaros por el blog. Para ver toda la información, pinchad aquí"

Yo me animo... ^^

Especial Halloween (3ª parte)

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El gato negro

(última parte)


Para un propósito semejante el sótano era idóneo. Las paredes no habían sido sólidamente construidas y se le había aplicado una capa de yeso basto, que la humedad del ambiente no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes había un saliente, motivado por una falsa chimenea, que se había rellenado de forma que se pareciera al resto del sótano. No tenía dudas de que fácilmente podía quitar los ladrillos de esa parte, introducir el cadáver y taparlo todo como antes, de manera que ninguna mirada pudiera descubrir nada sospechoso.

Y mis cálculos no me desilusionaron. Con una palanca saqué fácilmente los ladrillos, y después de colocar con cuidado el cuerpo contra la pared interior, lo apuntalé en esa posición y casi sin dificultad volví a colocar los ladrillos en la forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé con la mayor precaución posible un yeso que no se podía distinguir del antiguo, y revoqué cuidadosamente, de nuevo, el enladrillado. Cuando acabé, me sentí satisfecho de que todo hubiera quedado bien. La pared no mostraba la menor señal haber sido alterada. Recogí del suelo los desechos con el más minucioso de los cuidados. Triunfante, miré alrededor y me dije: "Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano."

Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia que había sido la causa de tanta desdicha; porque al fin me sentí resuelto a matarla. Si hubiera podido encontrar el gato en ese momento, su destino habría quedado para siempre sellado; pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi anterior acceso de cólera, se negaba a presentarse mientras yo siguiera de mal humor. Es imposible describir, ni imaginar, el profundo y dichoso sentimiento de alivio que la ausencia del odiado animal trajo a mi pecho. No apareció aquella noche, y así al menos durante la noche, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; ¡sí, pude dormir, incluso con el peso del asesinato sobre mi alma!

Pasaron el segundo y el tercer día, y aún no volvía mi atormentador. Una vez más respiraba como un hombre libre ¡El monstruo aterrorizado había huido del lugar para siempre! ¡No volvería a verlo jamás! ¡Mi felicidad era suprema! La culpa de mi negro acto me molestaba poco. Se habían hecho algunas indagaciones, pero éstas hallaron respuesta sin dificultad. Incluso habían registrado mi casa, pero por supuesto, no se descubrió nada. Yo consideraba asegurada mi felicidad futura.

Al cuarto día, después del asesinato, un grupo de policías entró en casa intempestivamente y procedió otra vez a una rigurosa investigación. Seguro de que mi lugar de ocultación era inescrutable, no sentí la menor inquietud. Los agentes me pidieron que los acompañara en su registro. No dejaron ningún rincón ni escondrijo sin explorar. Al fin, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. No me temblaba ni un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente como el de quien duerme en la inocencia. Me paseaba de un lado a otro del sótano. Crucé los brazos sobre el pecho y me puse a dar vueltas despreocupadamente. Los policías quedaron totalmente satisfechos y se disponían a marcharse. El júbilo de mi corazón era demasiado fuerte para ser reprimido. Ardía en deseos de decirles, al menos, una palabra como prueba de triunfo, y de asegurar doblemente su certidumbre sobre mi inocencia.

-Caballeros-dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro de haber disipado sus sospechas. Les deseo a todos felicidad, y un poco más de cortesía. Por cierto, caballeros, esta es una casa bien construida- en mi rabioso deseo de decir algo con naturalidad no me daba completa cuenta de mis palabras- me permito decir que es una casa de excelente construcción. Estas paredes (¿ya se marchan ustedes, caballeros?), estas paredes son de gran solidez- y entonces, empujado por el puro frenesí de mis bravatas, golpeé pesadamente con el bastón que llevaba en la mano sobre esa misma parte de la pared de ladrillo detrás de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi alma.

¡Qué Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas se había silenciado la repercusión de mis golpes, cuando ¡una voz me contestó desde dentro de la tumba! Un quejido, al principio ahogado y entrecortado como el sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta transformarse en un largo, fuerte y continuo grito, totalmente anómalo e inhumano, un aullido, un quejumbroso alarido, mezcla de horror y triunfo, como sólo pudiera surgir en el infierno, al unísono, de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios gozosos en la condenación.

Hablar de mis propios pensamientos de entonces es un disparate. Desmayándome, di unos tambaleantes pasos hacia la pared de enfrente. Por un instante el grupo de hombres, en la escalera, quedó inmóvil, preso de un extremo y espantoso terror. Al momento, una docena de fuertes brazos trabajaban en la pared. Cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y cubierto de sangre coagulada, apareció erguido ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el solitario ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatora me entregaba ahora al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!

domingo, 1 de noviembre de 2009

Especial Halloween (2ª parte)

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El gato negro

(continuación)

Leer la primera parte

La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: "¡Incendio!" Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.

No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras "¡extraño!, ¡curioso!" y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.

Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.

Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.

Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.
Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él.
Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.

Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.

Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros.

El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal.
Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra..., ¡la imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!

Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón.

Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba.

Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.

Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.

(Continuará)


Leer la tercera parte

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